El futuro de la ciencia en México

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Desde su origen, el pensamiento científico se estatuye confrontando al pensamiento dogmático, a la religión y a la ideología; esto es, funda un modo de conocer opuesto a las formas de la falsa conciencia. Si bien el modo de conocer científico en la época moderna se establece primero en el campo de la astronomía y la física, en poco tiempo se abre paso hacia otros dominios como la química orgánica y la biología, aplicándose más tarde a la consideración de la sociedad y la psique humana como objetos de conocimiento científico.

La ciencia moderna se constituye por la convergencia de dos vertientes de la praxis humana que, hasta el siglo XV, se desarrollaban separadamente: la tradición teórica, plasmada fundamentalmente en tratados filosóficos y la práctica técnica, concretizada en las múltiples tradiciones artesanales.

El gran poder del conocimiento científico es que, gracias a su objetividad (es un conocimiento que refleja certeramente propiedades objetivas del mundo material), permite al hombre actuar eficazmente para transformar el mundo –físico, biológico, social, psicológico– de acuerdo a sus propósitos e intenciones.

El ejercicio científico tiene como premisas esenciales la materialidad del mundo y la cognoscibilidad de éste, niega la existencia de una realidad trascendente, es decir de una realidad independiente de la realidad material de la que el hombre mismo forma parte y asume que esta última se desenvuelve obedeciendo a las condiciones y a la dinámica que le son propias.

En todo momento, el estatuto del conocimiento científico ha sido atacado por las instituciones religiosas y ha sufrido los embates de las clases dominantes en cada época ya que, a pesar de ser apreciada por su valor instrumental –como núcleo fundamental de la tecnología–, la ciencia, por su misma naturaleza, socava la validez y la legitimidad de las formas ideológicas, en particular de aquellas elaboradas para justificar las diversas modalidades de explotación y sometimiento que las instituciones religiosas y las clases dominantes ejercen sobre las clases sojuzgadas. La ciencia es una de las formas de la conciencia social y debe ser apreciada en cuanto tal, más allá de su mero valor práctico.

A pesar de los avances de la ciencia en todos los terrenos todavía es frecuente que las formas ideológicas predominen sobre la consideración científica de las cosas. Así, actualmente atestiguamos como en el mundo entero se acallan u omiten los análisis objetivos sobre los procesos sociales y se sustituyen por discursos cargados de ideología, haciendo prevalecer un estado de confusión generalizado acerca de las causas de fenómenos como son: la globalización, el aumento de la pobreza en el mundo, la contaminación y devastación del medio ambiente planetario, la generalización de las guerras y el genocidio en el mundo entero, la gran desigualdad existente entre naciones (países desarrollados vs. subdesarrollados) y, dentro de éstas, el abismo que separa a unos cuantos ricos de millones de pobres, la contradicción entre la gran capacidad productiva impulsada por la tecnología y la permanencia del hambre en el mundo, el racismo, la violencia exacerbada en todas sus variantes, etcétera.

En el siglo XIX, Carlos Marx y Federico Engels establecieron las bases de la ciencia social que permite comprender la naturaleza y dinámica de estos procesos. Esa ciencia no es otra que el materialismo histórico, cuya enseñanza ha sido erradicada de las universidades mexicanas, al estilo de aquella inquisición que prohibía la enseñanza del sistema heliocéntrico propuesto por Copérnico en el siglo XV y de aquella otra, contemporánea, que prohíbe en varios estados de los EUA la enseñanza de la teoría de Darwin y que difunde en textos educativos la idea de que la Tierra fue formada en seis días –como afirma el Génesis. Las teorías de la evolución del universo y de la vida sobre el planeta Tierra, así como la teoría marxista de la historia obviamente socavan los cimientos ideológicos del capitalismo y contribuyen a la formación de una conciencia crítica, opuesta a la conciencia adormecida y conformista que ha sido moldeada por los amos del mundo a través de la educación –formal e informal-, en complicidad con las instituciones religiosas, los dueños de los medios de comunicación y la mayor parte de la intelectualidad y la academia.

Hoy día, sorprende que en la discusión acerca de la ciencia y el desarrollo tecnológico en nuestro país, las asociaciones científicas y académicas, así como distinguidos especialistas en diversos campos de la ciencia, asuman posturas de corte puramente ideológico y no aporten elementos objetivos –es decir científicos– para explicar el por qué del estado actual de la ciencia mexicana, a partir de lo cual podría establecerse un diagnóstico y de ahí derivar elementos concretos sobre las posibilidades de su desarrollo que, sin duda, tendrían que formar parte de un proyecto de transformaciones que conduzcan a un modelo de desarrollo social diferente al que prevalece.

Me parece que en tanto predomine el neoliberalismo en el país, o mejor dicho las condiciones de neocolonialismo (impuestas por el nuevo imperio encabezado por los Estados Unidos de Norteamérica), la educación, la ciencia y el desarrollo tecnológico, seguirán el mismo curso de deterioro creciente por el que se despeñan las condiciones de vida –materiales, culturales, espirituales- de la mayoría de los mexicanos.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.